Deconstructing AI*

Science sans conscience n’est que ruine de l’âme

Gargantua, Rabelais

 

Desde la máquina de vapor de J. Watt hasta la world wide web, cada revolución industrial y tecnológica ha enarbolado la bandera de la productividad, redefiniendo – Maquiavelo mediante – el concepto de trabajo. Ahora que la inteligencia artificial persigue por quinta vez esa Ítaca postmoderna, conviene reflexionar sobre el nuevo escenario sociolaboral que se asoma.

Igual que invertir en bolsa en base a rentabilidades pasadas no garantiza las futuras, predecir la evolución laboral desde revoluciones anteriores es una quimera. Y, sin embargo, procede hacer su planteamiento. Ya sea mecanizando el trabajo (primera), produciendo en masa (segunda), automatizando procesos (tercera) o desintermediando industrias (cuarta), las revoluciones anteriores pusieron el foco en reducir y erradicar el trabajo repetitivo, lento o de escaso valor añadido. Una búsqueda obsesiva de productividad que, incluso cuando trajo mayor calidad de vida (en base a métricas como el ahorro de tiempo, la mejora de las condiciones laborales o el desarrollo social), en muchos casos también generó ritmos de trabajo frenéticos, fragmentación de tareas, trabajos deshumanizados, obsolescencia profesional y un incremento del estrés laboral, como magistralmente inmortalizó la obra maestra Modern Times (Charles Chaplin, 1936).

Hoy que sabemos gracias a Viktor Frankl de la importancia de dotarnos de sentido, cabe preguntarse si no hemos – en cierta manera – acorralado en cada revolución su esencia misma, cuyo refugio póstumo, nuestro intelecto, es ahora la diana visada por la IA. Sobre este tema reflexiona el artículo “AI Doesn’t Reduce Work—It Intensifies It” (HBR, 2026) a colación de esta quinta revolución de automatización cognitiva de osmosis humano-máquina que se antoja, en el fondo, hollywoodiana. A la mente nos vienen películas que han reflexionado sobre aspectos que hace tiempo dejaron de ser distopia. De Metrópolis (Fritz Lang, 1927) a Tron (Steven Lisberger, 1982), de 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968) a The Terminator (James Cameron, 1984), de A.I. Artificial Intelligence (Steven Spielberg, 2001) a Ex Machina (Alex Garland, 2014), o de War Games (John Badham, 1983) a Her (Spike Jonze, 2013), cualquier escenario al que nos conduzca la IA ya habrá sido visualizado en la gran pantalla.

Queramos o no, la IA en sus diferentes modalidades – generativa, agentica, predictiva, analítica, robótica – marcará la evolución de los negocios de este siglo. Personalidades como Satya Nadella, CEO de Microsoft; Sam Altman, CEO de OpenAI, Erik Brynjolfsson, exdirector del Digital Economy Lab (MIT); o Daron Acemoglu, profesor en el MIT y Premio Nobel en 2024, sostienen que su integración en los procesos permitirá reducir tiempos de ejecución y multiplicar la capacidad productiva. Una afirmación que, per se, merece poco debate. Diversos estudios independientes como el de Generative AI at Work, publicado por el propio Brynjolfsson en NBER, han demostrado que la IA desplegada, por ejemplo, en atención al cliente muestra incrementos significativos de eficiencia operativa. Pero igual que su incremento de productividad en tareas específicas no parece cuestionable, lo es que sus consecuencias sean siempre y tan positivas como éstos anuncian.

Toca pues analizar si esa ganancia de eficiencia se traduce realmente en una mejora de las condiciones laborales humanas y organizativas, y si no hay daños colaterales que estamos obviando. Respecto al primer aspecto, el artículo de Harvard mencionado concluye que, allí dónde es efectiva, la IA, lejos de reducir el trabajo, lo intensifica. En efecto, al reducir el tiempo de producción mediante un incremento del ritmo, genera también expectativas de desempeño mayores, lo que termina ampliando el volumen de trabajo y densificando la jornada. Cual Saturno devorando a sus hijos, el sistema es víctima de su propia eficiencia y nos recuerda bastante al taylorismo o fordismo industrial de principios del S. XX ridiculizado por Chaplin en Tiempos Modernos. Igual que la cultura se come a la estrategia antes del desayuno, Peter Drucker dixit, la competitividad empresarial pervertiría antes de comer las virtudes de la IA.

No obstante, queda por confirmar si esta conclusión tiene base científica o si no estamos poniendo la venda antes de la herida. También conviene verificar si es coherente hilar ese paralelismo con revoluciones industriales y tecnológicas anteriores. Siendo debatible, no parece descabellado. Mientras la segunda amplificó la capacidad física y reorganizó el trabajo en torno a la velocidad de ejecución mecánica, la quinta está amplificando la capacidad cognitiva y reorganizando el trabajo en torno a la velocidad intelectual. En ambos casos, la tecnología expande la frontera productiva y permite multiplicar los resultados esperados por un digito superior a uno empleando menos tiempo. Además, esto es sólo un análisis sobre el primer aspecto derivado, quedando el segundo por considerar, lo cual será abordado en un segundo artículo, y todo ello sin contradecir en modo alguno la afirmación mantenida por Nadella, Altman Brynjolfsson y Acemoglu sobre cómo la IA aumenta la productividad en tareas específicas.

Chaplin atrapado en la maquinaria industrial no es una metáfora, es una advertencia del ser humano víctima de una tecnología supuestamente liberadora. En nuestras manos está alcanzar una nueva era de prosperidad o una versión 2.0 de Tiempos Modernos, y ello pasa por el diseño organizativo y la lucidez estratégica con los que gestionemos la abundancia cognitiva que indudablemente aporta la IA.

 

* Artículo Publicado en La Opinión de Zamora el 27/04/26

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